Batalla de Arica

7 de junio: Día de la Batalla de Arica

Fechas cívicas: 7 de junio, Aniversario de la Batalla de Arica, fechas cívicas de junio.

¡EL ÚLTIMO CARTUCHO ILUMINÓ LA GLORIA!

Por: Luis Guzmán Palomino

(Reseña redactada en base a las versiones chilena de Vicuña Mackenna, inglesa de Clements Markham, italiana de Tomás Caivano y peruanas del comandante La Torre, Paz Soldán y Jorge Basadre).

Atacaron de Madrugada

Ocupados estaban los puestos de defensa en la noche del 6 al 7 de junio en la forma siguiente: 8ª División a la defensiva de las baterías del Norte y la 7ª a la de las baterías del Este, distante casi tres millas una de otra división.

La noche fue completamente oscura y a las 5.30 a. m. del 7, cuando aún no había luz para distinguir los objetos a un kilómetro de distancia, un cañonazo de las baterías del Este, al que siguieron otros inmediatamente, anunció la proximidad del enemigo por ese flanco. Pocos momentos después rompióse el fuego de fusilería y se trabó reñido combate.

Media hora después, el jefe de la plaza, que veía aumentarse excesivamente las fuerzas que atacaban por el Este, mientras que las filas peruanas disminuían rápidamente por las bajas que ocasionaba el nutrido fuego enemigo, y que veía distantes todavía las fuerzas que emprendían ataque por el Norte, dispuso viniese en auxilio la 8ª División.

Sangrienta Lucha En El Morro

Llegaban a paso de trote a las faldas del Morro los batallones “Iquique” y “Tarapacá”, que formaban la expresada división, cuando arrolladas las fuerzas peruanas del Este por el excesivo número de los que atacaban por ese lado, se replegaban ya por los parapetos del Cerro Gordo.

Con gran esfuerzo y jadeantes llegaron a la altura del Morro el teniente coronel Zavala, a la cabeza del medio batallón del “Tarapacá”, y el teniente coronel Roque Sáenz Peña, a la cabeza del medio batallón del “Iquique”, rompiendo con bravura sus fuegos sobre el enemigo, que ya coronaba la altura del Cerro Gordo, y los flanqueaba al mismo tiempo por los lados de Este y Oeste con otras fuerzas.

En esta situación, se replegaron sobre los parapetos del Morro los medio-batallones del “Iquique” y “Tarapacá”, con los restos de la 7ª División, para hacer allí el postrer esfuerzo; mientras los otros medio-batallones, que no habían tenido tiempo para llegar, eran dispersados bajo el mortífero fuego de los cañones plantados en el Cerro Gordo.

Se Consuma la Derrota

Palmo a palmo y con empeñoso afán fueron defendidas nuestras posiciones hasta el Morro, donde las encerró y redujo a unos cuantos el dominante y nutrido fuego del enemigo. Siendo las 8 y 39 a. m. todo podía considerarse perdido…

En tan supremos momentos, volaron varios polvorines y pudo inutilizarse algunos cañones del Morro, mientras las baterías del Norte, atacadas ya por el Regimiento Lautaro y algunos escuadrones, a quienes habían tenido alejados, volaron sus polvorines e inutilizaron todos sus cañones.

Perdida toda esperanza, el monitor Manco Cápac, que con las baterías del Norte había protegido la posición de izquierda de los fuegos de la escuadra agresora, hizo proa hacia el poderoso blindado Cochrane, y desengañado de no poder hacer su postrer tiro al enemigo, su comandante José Sánchez Lagomarsino, con serenidad y acierto, lo echó a pique para no dar un nuevo elemento de poder a las fuerzas mareítimas de Chile.

Holocausto Patriota

Sucumbieron en la desigual batalla los coroneles Francisco Bolohgnesi, Juan Guillermo Moore, Alfonso Ugarte, José Inclán, Justo Arias y Aragüez y Mariano Bustamante; los tenientes coroneles Ricardo O’Donovan, Ramón Zavala, Francisco y Benigno Cornejo; los sargentos mayores Armando Blondell, Felipe Zela y Fermín M;acarino. Y muchos oficiales, cuyos nombres no fueron registrados.

Numerosa fue la mortandad entre la tropa, calculándose la pérdida de las dos terceras partes durante la batalla. Luego vendría la masacre total.

Salvajismo Chileno

La consigna del ejército chileno en este combate fue: “hoy no hay prisioneros” y esto se cumplió con un salvajismo no repetido en América desde los tiempos de la conquista.

Concluida la batalla y consumado el degüello de los prisioneros, los chilenos descendieron del Morro, y unidos con el resto del ejército, que ya ocupaba la población, emprendieron la obra devastadora. Empezaron por las bodegas y tiendas de licores y víveres, y embriagados continuaron el saqueo de casas, donde no se respetó el pudor ni de las ancianas…

Cuanto hombre encontraron, fuera o no soldado, cayó bajo el filo del alevoso corvo. No se respetó ni los consulados de Inglaterra y Estados Unidos; los refugiados en estas casas fueron sacados en número de 70 y conducidos a la plaza, donde se les fusiló impunemente.

La Sangre Corrió a Torrentes

¡Qué episodios los que tuvieron lugar! Algunas víctimas trataban de huir y daban vueltas por la plaza, encontrando siempre segura muerte; otras subían las gradas de la iglesia, que ofrecían un aspecto conmovedor; multitud de cadáveres yacían en las graderías, la sangre corría a torrentes; muchos paisanos lograban llegar a la puerta de la iglesia, en donde caían muertos por la bala de los chilenos. Dos individuos pudieron introducirse en el pozo que hay en medio de la plaza, y vistos por los chilenos fueron muertos a pedradas. Concluida esta escena se pegó fuego a las casas…

Raros fueron los prisioneros tomados el día 7 en Arica; los que aparecieron como tales cayeron los días siguientes en los alrededores. El coronel Pedro Lagos, que mandó en jefe el ataque, se distinguió después del combate por su ferocidad: ordenó o presenció la mayor parte de los asesinatos, logrando así que su nombre se inmortalizara en la historia de los sanguinarios.

Epopeya Chilena

Los chilenos victimaron sin compasión… La soldadesca desató su salvajismo asesinando sin cuartel… La acción toda, desde el principio, fue enteramente una carnicería humana. El propio historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna apuntó: “Se lanzaron como lobos enfurecidos sobre un arremolinado rebaño y comenzaron a matar y matar sin que valiera llanto ni edad, ni perdón. Se formaron pantanos de sangre”.

Los médicos chilenos solo atendían a sus propios heridos y no consagraban el menor cuidado a los infelices peruanos, que quedaban abandonados a la muerte donde cayeran, no logrando escapar al cuchillo de sus feroces vencedores, que remataban a los heridos.

Después de la captura de Arica, el ministro de los Estados Unidos allí residente, en el informe que pasó a su gobierno de lo acontecido, señaló: “Las tropas chilenas se han conducido no como un ejército formalmente organizado por una nación que se llama civilizada, sino como una horda de salvajes… Esto no ha sido guerra, sino una matanza por mayor”.

Epílogo

Con la caída de Arica culminó la campaña del Sur, ahora la guerra se trasladaría a Lima. En el mar se alzó inmortal la figura de Grau; en el Sur fue la de Bolognesi la que brilló por sobre todas. Los defensores de Arica, como antes los héroes del mar, le dieron al Perú algo más importante que un triunfo material: “Le dieron héroes nacionales, luz para el alma colectiva”.

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